sábado, 2 de diciembre de 2006

El silencio de los evangélicos

Como en la campaña electoral de abril pasado, se ha reabierto el debate sobre la píldora del día siguiente. Han salido sus defensores a plantear la necesidad de su utilización, como un método de planificación familiar por el que uno/a puede optar. Inmediatamente salió el inefable cardenal Juan Luis Cipriani, a contradecir esta propuesta, acusando a sus propulsores con calificativos de "asesinos", "mentirosos", entre otros epítetos. El ala más conservadora y reaccionaria de la Iglesia Católica ha salido a condenar la medida; al menos tiene una posición (muy cuestionable). Pero los evangélicos, no dicen nada.

El presidente de la República, Alan García, ha reiterado en una y otras oportunidades su proyecto para establecer la pena de muerte contra los violadores de menores de edad. Sea por causar un impacto mediático para ganar popularidad por parte del mandatario, o por otras razones, es un tema que se debe tocar. Muchas organizaciones defensoras de los derechos humanos, especialistas en derecho, y hasta la Iglesia Católica se ha mostrado en contra. Tienen una posición. Pero los evangélicos, no dicen nada.

Sobre otros temas, como la reducción de la renta básica, la ley contra las ONG's, la estabilidad laboral, y hasta el reciente maltrato contra dos parlamentarias de origen andino en el Aeropuerto de Lima, cuando se dirigían a España, se han producido muchos pronunciamientos de organizaciones sociales, de sindicatos de trabajadores, entre otros. Pero los evangélicos, tampoco aquí quieren decir nada aquí.

Los evangélicos ya no son los de los años `20, cuando salieron a protestar contra la Consagración del Perú al Sagrado Corazón de Jesús, para impedir una clara intención del Estado para subordinarse al Vaticano. Varios de sus integrantes pertenecían a sindicatos mineros, y protestaban activamente por sus derechos laborales. Muchos sufrieron martirio en la época del terrorismo en los '80 y '90, por negarse a abrazar esa mezcla de locura y barbarie, y pregonar su fe en todo lo alto.

Ahora prefieren encerrarse en sus templos, buscando que amontonar todas las personas que se pueda, como aquellos cobradores de combi que buscan llenar como sea su movilidad. Sus miembros buscan que irse al Estadio Nacional para escuchar Danilos Monteros y Marcos Witts, sólo para "buscar la presencia de Dios", admirar a estos como si fueran artistas de cine, y considerar que su palabra es la ley, por encima de lo que dice la Palabra. Les importa un pito lo que sucede a su alrededor, en su cuadra, su barrio, su vecindario, y viven como islas lujosas y de la fantasía en medio de la miseria.

Los evangélicos están mudos, no dicen nada ante lo que sucede cotidianamente. Sólo viven para sus adentros, sus necesidades y buscan lo superficial. Que distante de aquellos primeros cristianos que pusieron su fe por encima de lo que ofrece la sociedad; y no como ahora, que acomodan la fe a lo que ordena el sistema. ¿Quien se atreverá a cambiar esto?