lunes, 24 de marzo de 2008

Óscar Arnulfo Romero

Este fin de semana hemos recordado la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. A la vez, también remembramos los 28 años del martirio del monseñor salvadoreño Óscar Arnulfo Romero, mártir de los derechos humanos en América Latina. A pesar del paso del tiempo, su figura y su recuerdo siguen presentes en el escenario religioso y político, como ejemplo de un pastor que no se calló nada frente a las injusticias y abusos que ocurrían en su país, y no paró de hacerlo, hasta que fue acribillado por un francotirador en el mismo momento en que oficiaba una misa, la mañana del 24 de marzo de 1980.

Desde su posición de poder religioso, Romero pudo haber optado por una vía mucho más fácil: la de quedarse callado y acomodarse, sin decir nada frente a lo que hacía el poder de turno, que consistía en la represión como método para acabar con la guerrilla que asolaba El Salvador por aquellos años. Como han actuado (y actúan aún) muchos sacerdotes católicos y pastores evangélicos frente a los poderes de turno.

Pero Romero prefirió pasar por un camino más espinoso y duro, como era el de la denuncia ante cada hecho injusto, ante el abuso contra sus conciudadanos, que también es parte de la Misión que nos demanda el Evangelio. Romero siguió el ejemplo de Jesucristo, quien tampoco calló nada de lo que hacían quienes detentaban el poder político y religioso en la Judea de su tiempo. Y esa consecuencia de vida lo llevó hasta la cruz.

Esa misma consecuencia de vida decidió seguir Óscar Arnulfo Romero. Era muy consciente de lo que podía pasarle, en medio del contexto violento en el que vivía. Una frase muy célebre grafica su pensamiento: "Si denuncio y condeno la injusticia es porque es mi obligación como pastor de un pueblo oprimido y humillado. El Evangelio me impulsa a hacerlo y en su nombre estoy dispuesto a ir a los tribunales, a la cárcel y a la muerte". Romero tenía conciencia de lo que podía sucederle.

Y es que Romero decidió seguir el ejemplo de Jesucristo, a quien recordamos en la Semana Santa que acaba de pasar. No sólo el hecho de entregar la vida para salvar a la humanidad, era el móvil que impulso a Jesucristo a la cruz. También estuvo el hecho de hacernos ver que el seguir el ejemplo de Jesucristo implica una consecuencia de vida, e ir hasta el final, incluso hasta la misma muerte. Saber que nuestro accionar basado en el cumplimiento del Evangelio, nos traerá problemas. Esto lo comprendió perfectamente Romero. Y también lo comprendieron muchos personajes como el pastor bautista Martín Luther King, quien denunció el racismo y la exclusión en su país, los Estados Unidos; o el sacerdote católico brasilero Hélder Camara, quien se enfrentó a la dictadura militar en su país.

Gracias a Dios y a mi maestra de Escuela Dominical, Giovanna Varillas (a quien debo mucho de lo que soy), tuve la oportunidad de conocer desde pequeño la vida del monseñor Romero, gracias a que me contó que su martirio se produjo exactamente un año antes de mi natalicio. Además de enseñarme las lecciones de vida de este gran personaje de América Latina, que estará siempre en nuestro recuerdo, aunque pasen los años, pues su ejemplo continúa vigente en tiempos en los que, pese a que ya no hay dictaduras militares, aún persisten otros tipos de dictaduras que debemos denunciar, que excluyen a muchos de nuestros conciudadanos en nuestra Patria Grande.