lunes, 30 de junio de 2008

Allende y Mackay: ejemplos para seguir

El pasado 26 de Junio, se cumplió el primer centenario del nacimiento del presidente chileno Salvador Allende, uno de los personajes políticos más emblemáticos de nuestro continente. A la vez, se conmemoran 25 años de la partida de John A. Mackay, misionero escocés que también dejó huella en tierras latinoamericanas, pese a no haber nacido en estas.

Ambos personajes nacieron en lugares distantes (Chile y Escocia), profesaron creencias distintas (uno era agnóstico y el otro era protestante), pertenecían a distintas generaciones y se dedicaban a diferentes actividades (uno político, el otro misionero). Aún con estas diferencias, Allende y Mackay influyeron en los espacios donde fueron actores de primera línea.

Salvador Allende, nacido un 26 de Junio de 1908 en el hermoso puerto de Valparaíso, abrazó desde su juventud las banderas de la justicia social, enrolándose en las filas del Partido Socialista. Llegó a ser la máxima figura de la izquierda en su país, e incluso del socialismo internacional. Tanto en la oposición, o en su corto gobierno, luchó por mejores derechos para los trabajadores y los campesinos. En el poder, se enfrentó tanto a la derecha que no le perdonaba el haber eliminado sus privilegios, como a esa izquierda ciega que creía que las armas eran el único camino para alcanzar la justicia.

Allende se la jugó por la democracia, y pagó el precio. Se convirtió en un mártir que se resistió a los extremismos. Aún transcurridas tres décadas y media de su trágica muerte, el 11 de septiembre de 1973, es un personaje reconocido y admirado. En Chile, tanto comunistas, socialistas e incluso quienes abrazan estas tendencias, reconocen en Allende como un luchador por la equidad y la justicia social en democracia.

John A. Mackay nació en Inverness (Escocia) en 1889, y pese a su origen anglosajón, desde muy joven tuvo inquietudes por lo latino. Su admiración por el filósofo español Miguel de Unamuno lo llevó a estudiar una maestría en la península ibérica, previa preparación académica y teológica en Escocia y Estados Unidos para ser misionero. Luego de esto, decide viajar a América Latina, siendo el Perú su primer destino.

Instalado en Lima en 1916, este escocés con alma latina se da cuenta de que una manera de lograr cambios en la realidad, es relacionándose con la “intelligentzia” local, la cual influye en la vida del país. Por eso, al año siguiente, se hizo cargo de una pequeña escuela, llamada “Colegio Anglo Peruano” (hoy San Andrés), y allí convocó como docentes a personajes influyentes en la escena política nacional, como José Carlos Mariátegui (el más grande pensador marxista de América Latina), y Víctor Raúl Haya de la Torre, el político peruano más importante del siglo XX, entre otros. La labor de Mackay al frente del Anglo Peruano fue fundamental para la educación peruana de entonces.

Pero esa no fue la única tarea que por Mackay. También destacó su trabajo en la Asociación Cristiana de Jóvenes (YMCA), donde promovió la idea del “Cristófilo”, aquel que sin necesidad de participar en una iglesia, “profesaba un amor sin límites a Cristo”. Una propuesta inclusiva, con sentido ecuménico.

Luego de salir del Perú en 1924, fue conferencista y escritor con la YMCA en Uruguay y México, hasta 1932, año en que vuelve a los Estados Unidos. En su posición de rector, siempre fue un vocero en defensa de los intereses de América Latina, e incluso en 1964 pidió al gobierno norteamericano que tuviese “una actitud madura” para con Cuba. Por esta razón, fue atacado por macartistas y teólogos fundamentalistas, aliados por siempre.

Mackay falleció diez años después que Allende, en 1983, a los 94 años de edad. Ambos personajes han dejado, por medio de sus escritos y hechos, ejemplos que todos aquellos que se precien ser seguidores de Cristo y convencidos de la causa de la justicia social, no deben desechar.

lunes, 24 de marzo de 2008

Óscar Arnulfo Romero

Este fin de semana hemos recordado la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. A la vez, también remembramos los 28 años del martirio del monseñor salvadoreño Óscar Arnulfo Romero, mártir de los derechos humanos en América Latina. A pesar del paso del tiempo, su figura y su recuerdo siguen presentes en el escenario religioso y político, como ejemplo de un pastor que no se calló nada frente a las injusticias y abusos que ocurrían en su país, y no paró de hacerlo, hasta que fue acribillado por un francotirador en el mismo momento en que oficiaba una misa, la mañana del 24 de marzo de 1980.

Desde su posición de poder religioso, Romero pudo haber optado por una vía mucho más fácil: la de quedarse callado y acomodarse, sin decir nada frente a lo que hacía el poder de turno, que consistía en la represión como método para acabar con la guerrilla que asolaba El Salvador por aquellos años. Como han actuado (y actúan aún) muchos sacerdotes católicos y pastores evangélicos frente a los poderes de turno.

Pero Romero prefirió pasar por un camino más espinoso y duro, como era el de la denuncia ante cada hecho injusto, ante el abuso contra sus conciudadanos, que también es parte de la Misión que nos demanda el Evangelio. Romero siguió el ejemplo de Jesucristo, quien tampoco calló nada de lo que hacían quienes detentaban el poder político y religioso en la Judea de su tiempo. Y esa consecuencia de vida lo llevó hasta la cruz.

Esa misma consecuencia de vida decidió seguir Óscar Arnulfo Romero. Era muy consciente de lo que podía pasarle, en medio del contexto violento en el que vivía. Una frase muy célebre grafica su pensamiento: "Si denuncio y condeno la injusticia es porque es mi obligación como pastor de un pueblo oprimido y humillado. El Evangelio me impulsa a hacerlo y en su nombre estoy dispuesto a ir a los tribunales, a la cárcel y a la muerte". Romero tenía conciencia de lo que podía sucederle.

Y es que Romero decidió seguir el ejemplo de Jesucristo, a quien recordamos en la Semana Santa que acaba de pasar. No sólo el hecho de entregar la vida para salvar a la humanidad, era el móvil que impulso a Jesucristo a la cruz. También estuvo el hecho de hacernos ver que el seguir el ejemplo de Jesucristo implica una consecuencia de vida, e ir hasta el final, incluso hasta la misma muerte. Saber que nuestro accionar basado en el cumplimiento del Evangelio, nos traerá problemas. Esto lo comprendió perfectamente Romero. Y también lo comprendieron muchos personajes como el pastor bautista Martín Luther King, quien denunció el racismo y la exclusión en su país, los Estados Unidos; o el sacerdote católico brasilero Hélder Camara, quien se enfrentó a la dictadura militar en su país.

Gracias a Dios y a mi maestra de Escuela Dominical, Giovanna Varillas (a quien debo mucho de lo que soy), tuve la oportunidad de conocer desde pequeño la vida del monseñor Romero, gracias a que me contó que su martirio se produjo exactamente un año antes de mi natalicio. Además de enseñarme las lecciones de vida de este gran personaje de América Latina, que estará siempre en nuestro recuerdo, aunque pasen los años, pues su ejemplo continúa vigente en tiempos en los que, pese a que ya no hay dictaduras militares, aún persisten otros tipos de dictaduras que debemos denunciar, que excluyen a muchos de nuestros conciudadanos en nuestra Patria Grande.

lunes, 7 de enero de 2008

Ampliemos el concepto de Misión

Está de moda “evangelizar”. El discurso que está en boga, en los tiempos actuales, es que aquellos y aquellas que pertenecemos a una iglesia evangélica, en su totalidad (vale decir todos y todas), debemos salir a predicar la Palabra de Dios al aire libre. Quien no lo hace, está en desobediencia, porque incumple la “Gran Comisión”.

Uno de los principales argumentos es que nuestros templos están vacíos, a diferencia de los de las Mega-iglesias, que tienen sus locales abarrotados con miles de personas. Se argumenta que hay que ser como ellos, porque son exitosos al tener más fieles. Este discurso se está propagando rápidamente en muchas congregaciones.

El problema es que se está confundiendo evangelización con misión. Quien no evangeliza, no hace misión. En pocas palabras, aquellos que realizan otras funciones dentro de una congregación, como la administración, el servicio al prójimo, o la incidencia pública de la Iglesia en los temas sociales, no hacen misión.

La madre del cordero es el entendimiento del concepto de misión a partir de un solo versículo de la Biblia: Mateo 28,19, famoso texto de “La Gran Comisión”. La misión está comprendida y explicada en toda la Biblia (y no en un solo versículo), específicamente en las acciones que realizó Jesucristo: la preocupación por la pobreza, la denuncia de las injusticias sociales, y el anuncio del evangelio, claro está.

Además, el título de “La Gran Comisión” fue puesto por quienes organizaron la Biblia en versículos y capítulos, porque en el original no estaba dividida de esa forma. El apóstol Mateo no pensó así el final de su Evangelio. Por ello, no hay que limitar nuestro panorama de la misión.

No es que esté mal salir a predicar a las calles. Quienes sientan el llamado a hacerlo, deben emprender esta tarea, y darle un contenido a su predicación de acuerdo a la realidad donde lo hacen. Nadie se va oponer.

El asunto es que se quiere imponer esta tarea a todas y todos, y en la Iglesia solo algunos tienen esta capacidad, este talento. También hay que darle un espacio a otras tareas dentro de la Iglesia, como la diaconía, la participación ciudadana, la enseñanza, la educación teológica, etc., para que la Misión sea completa.

Otro tema es la motivación para hacerlo: ser como las Mega-iglesias. Como si tener la mayor cantidad de miembros en una iglesia nos hará mejores. Si nuestros templos están vacíos, no es porque no apliquemos el modelo de las Mega-iglesias, sino porque nuestro liderazgo no hizo una relectura de la época actual, y por eso prefiere lo más fácil, que es seguir lo que está de moda.

El éxito no debe ser medido por las cantidades (y esto no implica un conformismo con las bancas vacías), sino por la diferencia que marca la Iglesia en la sociedad. La Iglesia debe buscar es dar testimonio de Jesucristo en manera integral, no sólo predicando, sino con acciones concretas que busquen cambiar y transformar nuestras realidades, llenas de pobreza, exclusión, corrupción e impunidad, de tal manera que mucha gente le conozca y siga su ejemplo.

lunes, 29 de enero de 2007

Alto al dualismo

De repente no las han escuchado todas, pero alguna vez deben haber sabido de estas ideas:

“Hijito, cuidado con estar jugando con esos niños de la calle, te vas a contaminar, ellos no son como tú: eres cristiano. Ay no, ¿sabes qué?, mejor no salgas, mejor juega con tus juguetes aquí, en la casa. Cuidadito que se peguen las lisuras que hablan, ah. Tú tienes que ser como los hermanos de iglesia, los de afuera son mundanos, son unos pecadores e inmundos”.

“Oye, ¿qué haces escuchando esa música? Esa música no es cristiana, es del mundo. Tú tienes que escuchar música cristiana, la otra música es contaminante, no tiene mensaje, sólo incita al sexo o a las drogas y el alcohol; además, tiene mensajes subliminales que son satánicos. En cambio, escuchar a Marcos Witt o Danilo Montero es saludable, sólo eso debes escuchar. Si no me haces caso, ¡te quito el radio ah!”

“¿Por qué te juntas con esos mocosos? ¡Uno de ellos fuma! Oye, eso es pecado, ¿cómo puedes tú avalar el pecado? Deja de juntarte con ellos, desde chiquito te he advertido; pero claro, tú me saliste rebelde, ¿por qué será?

”¿Paseo a la playa? ¿Cómo es posible que organicen esas cosas los jóvenes en la Iglesia? Oye, eso está mal, en la playa ahora se ven a las mujeres semidesnudas, en tangas, bikinis y esas cosas, eso lleva a la perdición, al infierno. Mejor hagan un retiro al campo, a orar y ayunar, eso es lo que dice en la Biblia”.

“¿Por qué le discutes al pastor sobre lo que piensa hacer en la Iglesia? ¡Y encima cuestionas su prédica! Óyeme una cosa: el pastor nunca se equivoca, él es el escogido y ungido de Dios, y por medio de él Dios se manifiesta y nos da su revelación, para que nosotros los sigamos. Él es un apóstol, nadie le debe discutir y punto”.

“¿Te vas a una marcha? ¿Tú participando en política? Por favor, eso es para esos comunistas y marxistas, que son ateos y no creen en Dios, esos merecen ir al infierno. Además, esos que murieron en la época del terrorismo, muertos están. ¿Para qué ir a protestar? Lo que pasa en el mundo pasará, nos espera una patria celestial, deja las cosas como están. Seguro que te juntas mucho con esos pastores cuestionados, que son conflictivos y paran criticando todo como está en la Iglesia”.

Frases típicas que a veces hemos escuchado; puede que directamente, o contado por boca de otros. Puede ser una mujer, pero también puede ser un hombre, sólo que utilizaría otras palabras y sería más duro. Porque claro, en el inconsciente de estas personas, el hombre siempre debe ser duro, y la mujer se somete a lo que digan. Hagamos lo posible para que estas ideas desaparezcan de la Iglesia del Señor.

Tiene que acabar el dualismo. El de pensar que lo de afuera es mundano y que contamina. Que no hay que escuchar “música del mundo”, y sólo la cristiana, la música es de todos. De no juntarse con los vecinos, sólo con los hermanos de la Iglesia. Que ir a la playa es pecado, mejor es orar y ayunar. Que creer que el pastor es perfecto; (oigan, ¡los pastores son humanos!). Que no se puede participar en asuntos que preocupan a la sociedad y al país, sólo hay que estar metidos en la Iglesia. Estamos en el mundo, recuérdenlo.

sábado, 2 de diciembre de 2006

El silencio de los evangélicos

Como en la campaña electoral de abril pasado, se ha reabierto el debate sobre la píldora del día siguiente. Han salido sus defensores a plantear la necesidad de su utilización, como un método de planificación familiar por el que uno/a puede optar. Inmediatamente salió el inefable cardenal Juan Luis Cipriani, a contradecir esta propuesta, acusando a sus propulsores con calificativos de "asesinos", "mentirosos", entre otros epítetos. El ala más conservadora y reaccionaria de la Iglesia Católica ha salido a condenar la medida; al menos tiene una posición (muy cuestionable). Pero los evangélicos, no dicen nada.

El presidente de la República, Alan García, ha reiterado en una y otras oportunidades su proyecto para establecer la pena de muerte contra los violadores de menores de edad. Sea por causar un impacto mediático para ganar popularidad por parte del mandatario, o por otras razones, es un tema que se debe tocar. Muchas organizaciones defensoras de los derechos humanos, especialistas en derecho, y hasta la Iglesia Católica se ha mostrado en contra. Tienen una posición. Pero los evangélicos, no dicen nada.

Sobre otros temas, como la reducción de la renta básica, la ley contra las ONG's, la estabilidad laboral, y hasta el reciente maltrato contra dos parlamentarias de origen andino en el Aeropuerto de Lima, cuando se dirigían a España, se han producido muchos pronunciamientos de organizaciones sociales, de sindicatos de trabajadores, entre otros. Pero los evangélicos, tampoco aquí quieren decir nada aquí.

Los evangélicos ya no son los de los años `20, cuando salieron a protestar contra la Consagración del Perú al Sagrado Corazón de Jesús, para impedir una clara intención del Estado para subordinarse al Vaticano. Varios de sus integrantes pertenecían a sindicatos mineros, y protestaban activamente por sus derechos laborales. Muchos sufrieron martirio en la época del terrorismo en los '80 y '90, por negarse a abrazar esa mezcla de locura y barbarie, y pregonar su fe en todo lo alto.

Ahora prefieren encerrarse en sus templos, buscando que amontonar todas las personas que se pueda, como aquellos cobradores de combi que buscan llenar como sea su movilidad. Sus miembros buscan que irse al Estadio Nacional para escuchar Danilos Monteros y Marcos Witts, sólo para "buscar la presencia de Dios", admirar a estos como si fueran artistas de cine, y considerar que su palabra es la ley, por encima de lo que dice la Palabra. Les importa un pito lo que sucede a su alrededor, en su cuadra, su barrio, su vecindario, y viven como islas lujosas y de la fantasía en medio de la miseria.

Los evangélicos están mudos, no dicen nada ante lo que sucede cotidianamente. Sólo viven para sus adentros, sus necesidades y buscan lo superficial. Que distante de aquellos primeros cristianos que pusieron su fe por encima de lo que ofrece la sociedad; y no como ahora, que acomodan la fe a lo que ordena el sistema. ¿Quien se atreverá a cambiar esto?